PORTO ALEGRE, BRASIL: CRÓNICA SUBVERSIVA 6, PRIMAVERA-VERANO 2020.

Para la gran mayoría, la vida se reducía a respirar, y el enemigo miedo personificado por una bacteria. Y no es que no sea imprescindible respirar, es que vivir, vivir realmente, necesita de más. Al final la vida no es algo solo biológico. Para vivir, con todo lo que significa la vida necesitamos sangre corriendo por nuestras venas para sentir la emoción de estar activos.

No en vano luchamos contra las cárceles, contra la esclavitud y contra la explotación, todas esas formas de robar la vida de las personas aunque les permitan respirar.

Esta tensión entre sobrevivir y vivir, sin embargo, fue solo una de las cuestiones de los convertido en la “nueva” normalidad impuesta. La tergiversación de prácticas subversivas como la solidaridad, que parece vaciarse de su contenido subversivo, y los presos de las revueltas que las llevan al escenario estatal exigen algo más.

Si la guerra como horizonte controla las poblaciones y las elude con el idea de luchar «juntos» contra algo (en este caso el Covid-19, La política humanitaria evade el problema de la desigualdad social y la «Resuelve» con «ayuda» humanitaria (filantropía, caridad, “Solidaridad”) cortando, con esta jugada clave, la inconformidad con la “normalidad” en la que unos tienen todo y otros nada. Se amortiguan así las posibilidades de rebelión, ya que se provoca una falsa idea de unidad y “agradecimiento” que conduce al conformismo. Es una política muy peligrosa porque apacigua, a través de la supuesta compasión del opresor que ayuda o «simpatiza» con el que oprime, que es, de alguna manera, «agradecido», pero sobre todo dependiente; y porque es una política sumamente hipócrita (los mismos que oprimen hacen donaciones millonarias).

Dejamos claro que la solidaridad anárquica no tiene nada que ver con eso, surgió como la respuesta rebelde a las desigualdades sociales, a las represiones y a los llamados afines para enfrentar a los dominadores, prácticas que son horizontales ante todo y que no evitan el conflicto, al contrario, lo afilan. Muy distante de “ayudar” a alguien “más vulnerable” y distante, (una práctica que ya coloca al “partidario” en un nivel “mejor” cuando no es “superior”), la solidaridad es ser el uno para el otro en una práctica horizontal que nos acerca en dignidad y complicidad.

“No puedo respirar”… Fueron las palabras de las que murió George Floyd, asfixiado por un policía en Minneapolis y no por Covid-19, y filmadas en vivo por alguien que decidió arreglar su muerte en las “redes sociales” para denunciar. João Beto, en Porto Alegre, también dejó de respirar, asfixiado por las Fuerzas de la Orden. Dos asesinatos que abren de par en par que la vida tiene enemigos permanentes que están ahí antes, durante y después de la pandemia. Y que vivir, sin embargo y respirar, depende fuertemente de la lucha contra estos enemigos permanentes y no solo de pasar por una enfermedad.

Fue este no poder respirar lo que resonó en todo el mundo y que no se refirió solo a la vida biológica, sino a una vida libre, que detonó, una vez más, la belleza de las revueltas, el fuego de la venganza, la destrucción de las mercancías, ya que es en nombre de esa mercancía que muchos dejan de respirar: fusilado, quemado, congelado, conformado para vivir en una esclavitud voluntaria.

En estos impulsos de contestación, la vida sigue siendo esta caótica belleza imponderable, una totalidad (social, política, cultural, significativo) irreductible a cifras y datos estadísticos, irreductible a la existencia sólo biológica. Anárquicos como somos, no podemos esperar menos que el fin del orden impuesto (el nuevo y todas sus versiones) porque sabemos que el capitalismo globalizado y la cada vez mayor artificialidad de la vida, hacen imposible cualquier mejora, cualquier reforma, paliativos que se desvíen. las posibilidades de destruir estructuras existentes.

Ya nos recuerda esta nueva constitución en el continente, que borró y aplacó una revuelta construida con determinación y enfrentamiento permanente. El poder es un buitre hambriento que busca la carne muerta de rebeldes arrepentidos que creen ingenuos en el cambio social desde la máquina de dominación.

En la encrucijada actual, no se trata solo de oponerse al fascismo, frase cliché que lejos de luchar contra el totalitarismo solo busca tiranos con más diplomacia, pero para decidir si queremos respirar o vivir, si nos ajustamos a las reglas de la máscara y los nuevos experimentos sociales o tomamos el camino subversivo que niega la dominación antes, durante y después de esta y cualquier otra pandemia.

Y fue en las protestas en las que se respira el mismo aire, lleno de gases, en las que se juntan las manos pasando piedras, ayudando a saltar o romper alguna sien de la mercancía, en las que todos beben la misma agua y comparten vinagre y bicarbonato, en la que la mirada se ve complicidad y no miedo, esa vida, esta vida que corre y lucha ferozmente contra la dominación, que los que aman la libertad rompen la imposición del aislamiento “social”, ¡y se encapuchan!

Crônica Subversiva

Primavera, 2020.


TRADUCCIÓN: ANARQUÍA

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