DÍALOGO/ENTREVISTA CON EL COMPAÑERO GUSTAVO RODRÍGUEZ (SEGUNDA PARTE).

C.I. Cuéntanos, qué repercusiones han tenido tus contribuciones en la galaxia anarquista, y cómo ves la acogida y/o rechazo –dependiendo de los sectores– a las reflexiones que haces, particularmente sobre la participación de lxs individuxs y grupos anárquicos en movimientos populares y luchas intermedias, tal como lo expresas en la trilogía Cartas a un/a chileno/a sobre la situación actual (I, II, III), sincronizado con los conflictos sociales de esta región, iniciados el 18 octubre del 2019 hasta antes del confinamiento por el Covid-19. ¿Crees que es importante nuestra participación en los movimientos populares y en el desarrollo de las luchas intermedias?

G.R. Desconozco si mis aportaciones han tenido algún tipo de “repercusión” en la galaxia anárquica y, mentiría si comento sobre la posible acogida o el rechazo de estas reflexiones. Es innegable que circulan y se difunden, lo que puede sugerir la existencia de un pequeñísimo “círculo receptor” pero, es imposible conocer el grado de aceptación o rechazo que tienen.  Lo cierto, es que no estoy interesado en persuadir a nadie. Dentro de las limitaciones teóricas y, desde mi formación autodidacta y antidisciplinaria, he tratado de plasmar algunas reflexiones abriendo interrogantes. Es decir, me abstengo de dar respuestas. Hago hincapié en nuestras carencias y debilidades, con el propósito de estimular la reflexión de todas y todos los compañeros afines. Pero, cuando insisto en incitar la “reflexión”, no me refiero a profundizar en nuestras cavilaciones ni a entregarnos a la meditación abstracta ni a abonar nuevas páginas a la filosofía ni nada por el estilo. Se trata de “ver”.  Es decir, abrir los ojos y echar un vistazo a lo que nos rodea. Algo que el animal humano ha dejado de hacer desde hace mucho tiempo en su afán de distanciarse de los demás animales en busca de un “propósito de vida”; lo que le ha llevado a crear en el inconsciente colectivo (con todas las implicaciones fascistas del término junguiano) el “mundo feliz” de Ciudad Esmeralda –la mágica tierra del Mago de Oz(1)– y a hacer obligatorio el uso de gafas verdes, para que los ilusos crean que todo lo que les rodea son esmeraldas.

Por eso, cuando afirmo la necesidad de ver, lo hago también desde el ángulo visual de los planos múltiples, añadiéndole el color y la iluminación requerida. Si las feministas de finales del pasado siglo exhortaban a ver la realidad con “gafas violeta” (Gemma Lienas); a lxs anarquistas nos toca VER con lentes de optometrista. Es decir, cambiando constantemente la graduación –tal como hacen los animales no humanos– y, por qué no, alternando constantemente el color de los filtros e incluso, contrayendo o expandiendo el iris, hasta retomar la visión nocturna perdida. Solo así, podremos reconocer la caducidad de los modelos de lucha prevalentes y, la urgencia de un nuevo paradigma anárquico que facilite el accionar de lxs lobxs solitarixs y las minorías informales de signo ácrata e insurreccional.

Suministrar respuestas o “dar línea” –como le denominan los marxianos a la imposición vertical de lineamientos– no solo exige una vanidad superlativa sino el total abandono de nuestros más elementales fundamentos teórico-prácticos. Parafraseando a Nietzsche: “tan odioso me es seguir como guiar”.

En cuanto a la pregunta en torno a la participación anarquista en los llamados “movimientos populares”. Mi percepción la he venido externando desde hace veinte años y ha quedado registrada en diferentes momentos, evidenciando la evolución radical de la lucha anárquica. Si releemos algunas de mis contribuciones de las décadas de 1980 y 1990, encontraremos cierto “optimismo crítico” que le otorga el beneficio de la duda a esas estrategias “movimientistas” que –a grandes rasgos– tomaron cuerpo alrededor del neozapatismo mexicano a mediados de la última década del siglo pasado y, poco después, en torno al discurso “altermundista” y “antiglobalizador”, alcanzando su clímax en “La batalla de Seattle”. Sin olvidar posteriores brotes movimientistas (que algunos gustan meter al mismo costal), como el levantamiento argentino de diciembre de 2001 y, el boliviano de octubre de 2003 e incluso, el desarrollo de “los sin tierra” en Brasil.

En realidad, por esos almanaques, estábamos presenciando los estertores del llamado “movimiento proletario”. De tal suerte, se ratificaba la ausencia de misión histórica del proletariado y se decoloraba el sujeto revolucionario “destinado a conducir la Humanidad hacia el comunismo”.

Frente al deshilachamiento de los partidos comunistas y la mutilación presupuestal de las estructuras guerrilleras –a consecuencias de la caída del Muro de Berlín y el fin del comunismo “realmente existente”–, los remanentes de toda esa retórica obrerista/populista (ahora refugiados en las llamadas “organizaciones sociales”), de  la mano de los sindicatos y los hiperactivistas variopintos, pondrían en escena a comienzos del milenio la última pataleta estridentista, no en aras de la destrucción definitiva del capitalismo sino de su renovación, acarreando a la servidumbre voluntaria a la defensa del trabajo y la consolidación de gobiernos populistas en nombre de “Otro mundo posible”. Es decir, “Otro capitalismo posible”.

Ni el movimiento de movimientos altermundista (Seattle, Washington, Praga, Quebec, Génova, Barcelona, Tesalónica, Varsovia), ni el neozapatismo mexicano, ni el movimiento de los “sin tierra” brasilero, ni las revueltas argentina (2001) y boliviana (2003); tuvieron la más mínima motivación anárquica ni se abocaron a la destrucción de la dominación. Sin embargo, ante la ausencia de paradigma, todas esas maromas fueron susceptibles de una lectura ácrata equivocada, lo que impulsó a incontables compañeras y compañeros, entre los que me incluyo, a involucrarse en un sucedáneo de lucha –algunos incluso dieron la vida– que reafirmaba en la práctica la alienación del trabajo y consolidaba el mundo tripolar hipercapitalista que hoy padecemos.

Desde entonces, y a pesar de las fuertes expectativas generadas, la degeneración movimientista continuó a paso galopante hasta quedar atrapada en las estrategias reformistas del leninismo posmoderno que le apuesta al gatopardismo y a la reforma del sistema. Tal como está sucediendo en Chile en estos momentos o, aquí en Norteamérikka, por citar un par de ejemplos concretos del rol de la llamada “oposición de izquierda” en el mundo.

Y bueno, en derredor de las llamadas “luchas intermedias” y la participación anarquista en esos eventos específicos; solo podría corroborar todo lo antes dicho.  En mi opinión, que continuemos hablando en esos términos solo demuestra una vez más la ausencia de un paradigma anárquico en el siglo XXI.  No podemos olvidar que el desarrollo teórico de todos esos conceptos –las “luchas intermedias”, el “núcleo de base autónomo”, la “insurrección generalizada”, etc.–, respondía puntualmente a las necesidades de una época y, ciertamente, nuestro compañero Alfredo Bonanno, fue el mejor exponente de esa contundente respuesta en ese momento histórico concreto.

Alfredo, supo sistematizar, como pocos compañeros, nuestra larga lista de fracasos y, a partir de la práctica, se dedicó no solo a impulsar la ruptura definitiva con todas las desvirtuaciones anarcosindicalistas y con el federacionismo de síntesis, sino que se aplicó a teorizar la insurrección anárquica en el último tercio del siglo pasado, regalándonos verdaderas joyas que nos permitieron entender la lucha en aquél particular contexto. Sin embargo, todos esos aportes valiosos, hoy solo nos ayudan a entender el pasado y a trazar nuevas trayectorias que correspondan a nuestro tiempo. Hablar de “luchas intermedias”, presupone la hipotética llegada de la gran “lucha final” y la fe secular en una “insurrección generalizada” –episodio cada vez más quimérico–, que daría al traste con la dominación, iniciando un nuevo período en la historia de la Humanidad.  Hoy, el arribo de la 4ta y 5ta Revolución Industrial y, la consolidación del hipercapitalismo tecnológico en un mundo tripolar, nos exige el abandono definitivo de la visión utópica y la ruptura categórica con el síndrome milenarista de la catástrofe inminente y el paraíso subsiguiente y, nos empuja a vislumbrar espacios de intervención anárquica, desarrollando la insurrección permanente desde la informalidad y la extensión del ilegalismo.

C.I. Qué condiciones crees que nos impone la “nueva normalidad”, reconfigurada para el control de la sociedad y la utilización de la pandemia de Covid-19 para mantenernos en una especie de arresto domiciliario, una “nueva normalidad” en la que los poderes estatales se  reinventan y aprovechan la situación para sacar a los ejércitos y policías a las calles para reprimir y vigilar, incitando al sometimiento voluntario y la idolatría social hacia sus gobernantes y uniformados, presentándolos como protectores de la salud; sin embargo, los únicos que incrementan sus ganancias son las multinacionales de la industria farmacéutica, los dueños de las corporaciones agroindustriales y los jerarcas de los Estados aliados a esta estrategia devastadora, mientras lxs excluidxs mueren por falta de acceso a los sistemas de salud, o su salud se deteriora aceleradamente por la mala alimentación y el miedo que produce el encierro.

G.R. Otros compañeros ya se han aventurado a darle respuesta a esta pregunta. Sin embargo, podría comentar un poco lo que percibo, sin ánimo de consultar el Oráculo de Delfos, sino teniendo en cuenta el actual escenario; es decir, los cambios acelerados que estamos viviendo –exacerbados por las nuevas tecnologías–, el descomunal incremento de la alienación, la extensión del ciudadanismo y, las diferentes estrategias que han implementado los Estados remasterizados a raíz de estas particulares condiciones.

No hay duda que el sistema de dominación se está transformando y, que este evento exige la imposición de un cambio de realidad. Tampoco es casual la manipulación deliberada de las emociones humanas que acompaña la estrategia comunicativa en torno a la pandemia. Asistimos a una convergencia de tecnologías digitales, biológicas y físicas que impulsan la instauración, sin fronteras, del capitalismo hipertecnológico. Y quiero insistir en su desarrollo sin fronteras porque, a no ser que vivamos en una de esas “comunidades sin contactar” en lo más intrincado de la Amazonía, en Papúa o alguno de esos escasos reductos territoriales de la India e Indonesia, lo cierto es que en la inmensa mayoría de las comunidades originarias, la contaminación tecnológica es un hecho consumado a pesar de las presuntas “resistencias culturales”. Y no me refiero al uso de ciertas técnicas que algunos podrían calificar de inocuas sino, al empleo de fertilizantes químicos, de semillas transgénicas y a la socialización de las nuevas tecnologías (telefonía celular e Internet).

En ese sentido, el capitalismo hipertecnológico se está consumando en todos los rincones del Planeta. Estamos despidiéndonos del mundo tal cual conocemos. El ciberleviatán está frente a nosotros.  En medio de la “emergencia sanitaria”, se está abriendo paso un nuevo paradigma de dominación mucho más autoritario, que comienza a reconfigurar la gestión capitalista de la mano de las nuevas tecnologías. Su desarrollo es irreversible. Claro está, la imposición hegemónica de este nuevo paradigma se realizará de manera paulatina, aunque cada día será más evidente el desempleo en el sector manufacturero y la acelerada segregación de las personas tecnológicamente “improductivas”.  Empero, esta coyuntura no será propicia para el desarrollo de futuras rebeliones –como algunos compañeros se apresuran a vaticinar–; por el contrario, el nuevo Estado-nación se hará cargo de estos “lastres” incrementando su limosna. Cada día son más frecuentes las propuestas en esta tesitura (“ingreso mínimo vital”, “salario social”, “becas alimentarias”, etc.), dejando asegurada la continuidad del consumo en todos los estratos, estimulando la demanda y la ilusión participacionista, en la promiscuidad de múltiples formas de régimen, con sus particulares interpretaciones democráticas (liberal representativa, centralista,  directa, teocrática, etc.).

En cuanto a la situación que enfrentan lxs excluidxs, motivada por la falta de acceso a los servicios de salud, considero que la dominación no les dejará “desamparados” por mucho más tiempo. Por el contrario, los constantes recortes al gasto público y el incremento de impuestos a los sectores productivos de las llamadas “clases medias”, se encaminan hacia ese cometido. Los experimentos nanotecnológicos y los avances en la industria química abaratan la producción de medicamentos alópatas y facilitan la intervención clínica a muy bajos costos. Lo que, sin duda, ensanchará la brecha entre la “medicina de primera” y segunda clase, pero esta evidencia tampoco será suficiente para provocar el despertar de las conciencias. En contraste, a pesar del envenenamiento y la adicción en masa (producto de la medicación alópata), se incrementará el efecto de gratitud en el seno de la servidumbre voluntaria facilitando (aún más) la recuperación de toda disidencia.

Sobre la morbimortalidad provocada por las deficiencias alimentarias y, el miedo al encierro que ahora nos recetan como “medida sanitaria”; lo único que puedo subrayar, es la inmensa responsabilidad que tienen los propios excluidxs de prevalecer en las condiciones miserables que les impone la dominación. La máxima marxiana que gustosos recogen los anarcosindicalistas y los anarcocomunistas –compartiendo la misma visión economicista–, de “la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos”, dejaba en claro desde 1864, en los Estatutos Generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que el fin “de la servidumbre en todas sus formas, de toda miseria social, degradación intelectual y dependencia política” necesariamente pasa por la autoemancipación de los trabajadores. Guardando la debida distancia con esa óptica obrerista, sin duda, el recurso emancipador puede extrapolarse a las necesidades de lxs excluidxs.

Empero, si aún soñamos con la autoemancipación de lxs excluidxs, es porque continuamos anclados a la visión utópica del anarquismo decimonónico y aferrados al mito del “progreso humano” que engendra la fe cristiana en la marcha inalterable hacia la salvación final y/o, la fe secular en que el futuro siempre será mejor que el pasado y que cualquier presente, alimentando el mito de la gran marcha de la Humanidad hacia adelante. Cada día es más axiomático que la Humanidad no marcha hacia ningún lugar y que la mítica autoemancipación, en la práctica, se reduce a la lucha por la supervivencia humana; es decir, a una lucha contra sí mismo sin principio ni fin.

Definitivamente, cualquier iniciativa en busca de “mejoras” en las condiciones de vida de lxs excluidxs, nos ubica inexorablemente en el campo de las reformas y las medidas edulcoradas que alimentan el mito del progreso humano. Es decir, nos coloca en el rol de colaborador con el sistema de dominación, en aras de su reafirmación y perpetuidad.

C.I. Recientemente, hacías referencia al avance de la Cuarta Revolución Industrial. Sin duda, nos enfrentamos a un enemigo viejo pero recargado, formateado con el rótulo de Capitalismo hipertecnológico, que, bajo el slogan de “información y desarrollo” va imponiendo una vida decadente, dependiente del uso tecnológico, de las herramientas virtuales, que facilitan la vigilancia y provocan el repliegue de las luchas a los ordenadores, transformando la insurrección permanente (real) en un “enfrentamiento” ciberespacial (virtual). ¿Cómo consideras que debe responder la insurrección anárquica a esta nueva imposición del sistema? ¿Cómo podemos posicionarnos en esta lucha? ¿Cómo consideras que pueda expandirse la nueva insurrección anárquica en nuestros días?

G.R. Antes de dar respuesta a las tres interrogantes que me plantean, quizá sea oportuno abandonar algunas hipótesis que dábamos por sentadas y que, en nuestros días, los malos olores se han encargado de advertirnos su inminente caducidad. En primer lugar, considero que es fundamental tomar conciencia que no estamos enfrentando un “enemigo viejo pero recargado” sino a uno completamente nuevo, que ha tenido la capacidad de implementar un sistema de dominación sin precedentes. Una vez evidenciado esto, queda fuera de combate ese “anarquismo recargado” que pretendía erigirse como paradigma subversivo a comienzos de siglo y, continuaba albergando esperanzas en torno a la Revolución como episodio unitario y final, que pondría fin a todas las miserias humanas. Ese anarquismo “recargado”, solo se había ocupado de sacudirse ligeramente el polvo del camino, de cubrir levemente las manchas de moho y la erosión del desgaste, con una pátina (demasiado aguada) que le brindaba cierto aspecto circunspecto para poder posar en la foto del milenio; con la condición que no acercaran mucho el lente. En efecto, ese anarquismo “recargado” no soportaba una  aproximación muy detallada que enseñara sus cientos de cicatrices, su maltrecha dentadura y su anacrónica vestimenta.

En segundo término, me parece importante dotar de contexto esa “vida decadente” a la que hacen referencia. Reflexionando un poco, me atrevería a afirmar que la decadencia que el animal humano ha asumido como vida, no es, en última instancia, producto de las imposiciones de la dominación sino a la inversa. Es decir, la absoluta sumisión del animal humano –siempre dispuesto a hacer y aceptar lo que sea con tal de asegurar su supervivencia, parapetado en los precipicios de la limosna–,  fue la que dio lugar a la dominación de nuestros días. Sin embargo, desde las premisas del liberalismo (y también del anarquismo decimonónico), se fomentó siempre la idea de la “regeneración humana”, dando por hecho que la Humanidad ha sido corrompida a lo largo de la historia por el Estado, el capital y la Iglesia; reconociendo en estas instituciones autoritarias y criminales, los orígenes de todos nuestros males. No es casual que los liberales radicales mexicanos, organizados en torno a la figura de Ricardo Flores Magón, llamaran “Regeneración” a su órgano oficial de propaganda. Obviamente, le apostaban a poner punto final a la “degeneración humana” suprimiendo esas instituciones que, sin duda, son pilares indiscutibles de la corrupción y la autoridad, pero, esa óptica simplista que identificaba la residencia genética del poder y el origen de todo sojuzgamiento y degeneración humana en la llamada “Hidra de tres cabezas”, dejaba sin explicación la innegable presencia de la corrupción y el poder a lo largo y ancho de TODAS las instituciones humanas, incluida la familia y demás instituciones “alternativas”; lo que sitúa el meollo del problema en el animal humano.

Si bien es cierto que el anarquismo clásico siempre cargó sus tintas y descargó su potencia subversiva contra la escuela, el monasterio, la cárcel, el ejército, el manicomio y, la fábrica, señalando estas instituciones como trasmisoras del “principio de autoridad”; consideraba ilusamente que este principio podía subvertirse mediante acciones, discursos y practicas; siendo incapaz de  detectar la presencia del poder –estuviera institucionalizado o no– en cada relación humana, como “estrategia de dominio”, en sentido foucaultiano. Empero, al calor de la primavera parisina de 1968, con todo y los importantes aportes teórico-prácticos que se registraron en el marco de ese suceso, se repetiría con singular optimismo la misma pericia decimonónica. A pesar de las fuertes críticas endilgadas al pasado, en la práctica, se le daba continuidad a la lucha asumiendo que la “estrategia de dominio” también podía hacerse reversible con acciones, discursos y prácticas de oposición y resistencia, asignándole nuevamente un punto de destino a la Historia con la misma retórica de la “evolución inexorable” y el “progreso imparable” de Hegel, Marx y Kropotkin.

Una vez expuesto lo anterior, trataré de dar respuesta a estas interrogantes desde mi intuición, por lo que tendremos que tener en cuenta todas las limitaciones teóricas que esto implica.  En ese tenor, considero que en la primera pregunta viene implícita de manera axiomática la respuesta. Desde el momento que reconocemos que estamos enfrentando “una nueva imposición”, deberíamos considerar nuevas formas de responderle. Es decir, tendríamos que pensar en nuevas armas, nuevas formas de organización, nuevas metodologías, nuevos proyectos de lucha y, por que no,  nuevos objetivos. Para ello, es necesario desarrollar un nuevo paradigma anárquico que, sin renunciar a nuestros elementos fundacionales, sea capaz de confrontar al nuevo enemigo. Pretender que podemos enfrentarlo con nuestros viejos naranjeros –por mucho que les lijemos el óxido y por muy bien engrasados que los mantengamos– es una ilusión que invoca la huida y/o el suicidio.

En cuanto a cómo posicionarnos en esta nueva lucha, me parece que va de la mano de las consideraciones anteriores. Pienso que sólo podremos concretar un posicionamiento original e intransferible, reafirmando las concepciones teórico-prácticas que nos constituyen como anarquistas y,  potencializando nuestro enfrentamiento radical e inclaudicable contra todas y cada una de las formas y estrategias del poder pero, desde una visión renovada de la lucha, de las instituciones, de las pautas y prácticas de sociabilidad y, de la dominación en su conjunto; es decir, abandonando las viejas concepciones clasistas de la historia y del “cambio revolucionario”, ancladas en los entendimientos teóricos de los siglos XIX y XX. Para ello, tendremos que tirar por la borda –sin remordimientos– todas las nociones, proyectos, organizaciones y prácticas, propios del anarquismo clásico y, por ende, excesivamente atado a cierto milenarismo utópico revestido de cientificismo (y verborrea dialéctica), que nos induce a cifrar nuestras “esperanzas”, o las de las generaciones venideras, en la conducción inexorable de la historia y la infalible marcha de la Humanidad hacia el “progreso”.

Convencidos que la historia no nos conduce a ningún lugar predestinado y que la Humanidad es una ficción, habrá que aceptar entonces que la arcaica imagen de la Revolución como asalto definitivo al cielo, carece de trama en nuestros días. Sin embargo, esta aseveración –que entraña la renuncia a un pasado cargado de heroísmo–, no significa resignación alguna ni mucho menos la abdicación de la reyerta. Tampoco implica la exaltación de una suerte de “pesimismo anárquico” a todas luces inocuo. Por el contrario, afirma con ahínco el desarrollo de una nueva forma de lucha tajantemente destructiva, de cara a contextos específicos en el ámbito de la nueva dominación que nos imponen y en el marco de la insurrección permanente y la conquista transgresora de nuestro presente.

Tratando de contestar la tercera pregunta, otra vez me atengo a las reflexiones anteriores. En ese sentido, pienso que es posible expandir el nuevo aliento insurreccional anárquico, animando un conjunto de prácticas que solo pueden inscribirse en la potencia de la negatividad antiautoritaria; entendida ésta como negatividad dis-utópica, es decir, alejada de ese utopismo negativo propio del nacionalsocialismo y demás religiones políticas. Nuestra gestión, ha de ser la destrucción de todo lo existente, persuadidos que no hay lugar para la esperanza, emulando el quehacer nocturno de las termitas; como comentaba (en una de las respuestas iniciales): demoliendo, demoliendo y demoliendo. Pero concientes que la insurrección es permanente. Si alguna vez logramos devastar el actual edificio de la dominación, habrá que disponerse a demoler las nuevas estructuras del poder naciente, llámese “directo”, “alternativo”, “popular” o como quiera que se denomine.

C.I. ¿Cómo definirías la Anarquía en una palabra? ¿Cómo la describirías en un acto? ¿y cómo la representarías en una acción?

G.R.  Una palabra: negación. Concebida como el rechazo radical a todo lo existente. Un acto: informalidad (¡todos los demás van en su contra!). Una acción: ¡liberación! Entendida como una función de la totalidad; es decir, lo que denominan “la realidad total”.


(1) Baum, Lyman Frank, El maravilloso mago de Oz (1900), Editorial Mirlo, Madrid, 2020.

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